lunes, 26 de noviembre de 2007

La voz en la escalera



En una noche oscura y tormentosa, me dirigía sola a casa de mi abuelita. Pensaba qué disfraz me podía poner para la fiesta de “Halloween”. De pronto sentí una sombra a mi espalda ¡me volví!, no vi nada. Seguía andando y otra vez esa sensación de que algo me envolvía en la noche, y comencé a correr y a correr hasta la casa de mi abuelita. Llamé varias veces y nadie me abría y veía como la sombra se acercaba, por fin, me abrió mi abuela, y al verme tan asustada me preguntó:
-¿Qué te pasa chiquilla?
Yo le contesté:
-Una sombra me persigue, y ella tan asustada como yo me cogió y me llevó al piso de arriba, que para llegar a él teníamos que subir diez escaleras. Nos acostamos y nos arropamos hasta la cabeza. De pronto se oyeron unos pasos y yo temblando de miedo pregunté:
-¡Ay abuelita! ¿Quién será?
-Cállate niña que ya se irá.-Contestó mi abuelita.
- No me voy que por la primera escalera voy.-Se oyó una voz.
Seguíamos temblando y el ruido se acercaba.
- ¡Ay abuelita! ¿Quién será?
- Cállate niña que ya se irá.
- No me voy que por la quinta escalera voy.
Cada vez temblábamos más y el ruido se acercaba.
-¡Ay abuelita! ¿Quién será?
-Cállate niña que ya se irá.
-No me voy que en la puerta de la habitación estoy. De pronto, se abrió la puerta y… mi abuela y yo nos despertamos abrazadas.


Belén Romero Llamas

El convento


Hace muchos años, en una aldea que ahora sólo tiene veinticinco habitantes, había un convento de monjes que se quedó abandonado.

Tiempo después a unos niños de la aldea les ocurrió una historia que se cuenta hoy por primera vez. Estos niños se llamaban: Juan, Luis, Lorena, su hermana pequeña Sonia, Carlos y Laura que era la mayor de todos y muy mandona.

Un día por la tarde estaban jugando en la plaza a la comba, poco a poco fue anocheciendo, Laura miró hacia el final de la calle donde se veía el estropeado convento con algunas luces encendidas, eso les sorprendió mucho. Al instante, se le ocurrió una idea, hizo una apuesta con Carlos, le dijo:
-¿A qué no te atreves a ir al convento?
Y Carlos dijo:
-¡A que si!
Y los dos fueron acercándose poco a poco con una linterna. La luna era llena, los perros aullaban, entonces corrieron hasta no poder más, tocaron la puerta y esta se abrió sola, dieron un paso hacia delante con mucho esfuerzo y preguntaron “¿hola?” y nadie contestó. Dieron unos cuantos pasos más y … ¡se cerró la puerta de golpe! Se asustaron mucho, miraron hacia todos los lados, pasó un gato negro corriendo y los dos fueron hacia el pasillo de donde salió el gato. Miraron al fondo y vieron una sombra. Al acercarse, esta desapareció. Se encontraron una puerta y entraron. En ese momento buscaron un interruptor para la luz y se encendió una luz rojiza. En esa habitación había muchas sillas y una mesa con un montón de polvo. Como tardaban tanto, los demás niños fueron a buscarles. A ellos también se les abrió y cerró la puerta de golpe y pasó un gato blanco corriendo y pasaron al pasillo de donde vino el gato y como el convento es redondo vieron una curva y la siguieron. Miraron al suelo, había arena y comida. Luís miró hacia atrás y vio el traje de un monje flotando en el aire y dijo gritando “¡corred!”

Salieron a toda pastilla y abrieron una puerta y se tropezaron con Laura y Carlos, entonces todos corrieron y el espíritu los alcanzó y les dijo enfurecido:
“¡No quiero volver a veros por aquí! ¡Este es mi convento! ¡Si volvéis tendréis un castigo muy cruel!”
Mientras decía eso, las puertas y ventanas empezaron a abrirse y cerrarse solas. Los niños se fueron a sus casas temblando y nunca más volvieron al … convento fantasma.





Patricia Bernal Villanueva